Si creía que el chocolate era el mejor invento del mundo, Maria me demostró que podía ser aún mejor. Y para mi mayor excitación, me enseñó a hacerlo al clásico estilo maya. Es de ese tipo de mujeres sonrientes que, con solo leer la expresión de su cuerpo, le dan ganas a uno de hundirse entre sus curvas maternales cual niña miedosa, y provoca envidia hacia sus seis hijos que de seguro han sabido refugiarse en el calor de su pecho. Gobernada por una gallina que se sabe imprescindible, y envuelta en cuatro paredes de caña, su pequeña casa tiene la fortuna de ubicarse a metros de las piscinas naturales más hermosas que toda la selva guatemalteca junta. Nos invitó a pasar con una naturalidad tal que cualquiera diría que estuvo esperándonos toda la tarde. Y así fue cómo una excusa sencilla y una curiosidad infantil nos llevaron a la puerta de su hogar en el momento justo. Recién estaba empezado a triturar los granos de cacao (previamente tostados) en una moledora, que por cierto sólo semejantes brazos experimentados pueden hacer girar. Una vez que se logra la pasta espesa, se lo mezcla con una cantidad más que generosa de azúcar previamente pulverizada y se aplasta todo junto con una especie de piedra de amasar. Puede sonar fácil, pero vale aclarar que requiere de mucho tiempo, fuerza y concentración para lograr la consistencia exacta. Luego se le va agregando de a poco pequeñas cantidades de agua (también puede ser leche) y como ingrediente secreto, la canela. Con las manos enchastradas se le da la forma de medallón y se lo envuelve en papel madera, listo para ser ofrecido a los turistas a cambio de cinco quetzales, algo así como 75 centavos de dólar. Con cero por ciento de conservantes y cien por ciento de calorías, este manjar tan oscuro como los ojos de la niña que lo vende, ofrece al estomago satisfacción garantizada, incluso para el más exigente de los golosos.
miércoles, 1 de abril de 2009
Semuc Champey, Guatemala
Si creía que el chocolate era el mejor invento del mundo, Maria me demostró que podía ser aún mejor. Y para mi mayor excitación, me enseñó a hacerlo al clásico estilo maya. Es de ese tipo de mujeres sonrientes que, con solo leer la expresión de su cuerpo, le dan ganas a uno de hundirse entre sus curvas maternales cual niña miedosa, y provoca envidia hacia sus seis hijos que de seguro han sabido refugiarse en el calor de su pecho. Gobernada por una gallina que se sabe imprescindible, y envuelta en cuatro paredes de caña, su pequeña casa tiene la fortuna de ubicarse a metros de las piscinas naturales más hermosas que toda la selva guatemalteca junta. Nos invitó a pasar con una naturalidad tal que cualquiera diría que estuvo esperándonos toda la tarde. Y así fue cómo una excusa sencilla y una curiosidad infantil nos llevaron a la puerta de su hogar en el momento justo. Recién estaba empezado a triturar los granos de cacao (previamente tostados) en una moledora, que por cierto sólo semejantes brazos experimentados pueden hacer girar. Una vez que se logra la pasta espesa, se lo mezcla con una cantidad más que generosa de azúcar previamente pulverizada y se aplasta todo junto con una especie de piedra de amasar. Puede sonar fácil, pero vale aclarar que requiere de mucho tiempo, fuerza y concentración para lograr la consistencia exacta. Luego se le va agregando de a poco pequeñas cantidades de agua (también puede ser leche) y como ingrediente secreto, la canela. Con las manos enchastradas se le da la forma de medallón y se lo envuelve en papel madera, listo para ser ofrecido a los turistas a cambio de cinco quetzales, algo así como 75 centavos de dólar. Con cero por ciento de conservantes y cien por ciento de calorías, este manjar tan oscuro como los ojos de la niña que lo vende, ofrece al estomago satisfacción garantizada, incluso para el más exigente de los golosos.
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1 comentario:
Impecable. Milonga amistad se interioriza en el relato, y ahora, necesita de agua para calmar esa sensacion de empalago goloso.
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