domingo, 18 de enero de 2009

Mompiche

Mulato-cuyo-nombre-no-recordamos, moreno tan borracho como entrañable. Lo trajo la noche sin que nadie lo llame y en un minuto logró que nadie quiera que se vaya. Mientras se tiraba en la hamaca puteando a los mosquitos, los del pueblo nos contaban sobre su pasado fisicoculturista y el ring que tiene por casa. Sus cuentos eran tan coherentes como la graduación de alcohol que contenía su botella de caña. Se movía tan bien al ritmo de la música que incluso logró enseñarme a bailar suplantandome con una silla. Puedo decir con certeza que gracias a él hoy sé menear la cadera con el respeto que se merece la salsa. "El hombre que hacía todo bien" lo apodamos a la mañana siguiente, tras recordar cómo hacía sonar las maracas, y cómo soplaba con tal decisión el caracol hasta retornarlo a la vida. Semejante luz destellaba que no nos sorprendió que terminara armando una fogata en la playa y friendo pescados en la barra del bar. Todas nos enamoramos de aquel angel de la guarda. Era lo único que le quedaba por regalarnos al pequeño y gran mundo perdido de Mompiche.

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