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Viajo para poder elegir todos los días que quiero llevar en mi mochila. Aprender el ejercicio de sacármela de la espalda y ponerla frente a mis ojos. Abrirla, recordar que hay adentro, y pensar por que es que cada cosa sigue ahí, hace cuanto lo cargo, cuanto me hace falta. Bien sabe todo viajero que armar una mochila requiere un alto nivel de reflexión. Debe estar justificado cada peso y jerarquizado su orden. Pero sobretodo debo saber que cada uno de los elementos pueden ser dejados en el camino. Ser conciente de que en definitiva con lo que arrastro es con mi comodidad. El cuerpo por si solo sabe, más de lo que creemos, de lo que son capaces las manos y la cabeza juntas. Y la gente. Sobrevivimos porque existe la gente. Llevemos o no mochila, sobre-vivimos, porque hay vida de sobra.
Viajo para no casarme con una idea sin antes haberla amado en la cama, sin antes haber besado sus cicatrices. Ando buscando pedacitos de argumentos distribuidos por el mundo, para imaginar y construir mi sociedad ideal. Porque no podemos no saber como sería nuestra sociedad ideal, y no podemos no pensar que es posible. El sistema parecería venir por default, es un formato que insiste en resetearse cada mañana, y de autoconvencerse que lo hace por su propia voluntad. No señor. Todavía hay educadores que no entienden la necesidad elemental que tiene todo niño, joven, adulto y anciano, de desarmar lo que viene cerrado con celofán, de tirar toda la ropa del armario al piso , de refutar eso de que a cada pieza del rompecabezas le corresponde un solo lugar. Imagino la sonrisa maravillada de aquel que logré crear una imagen diferente a la que viene en la caja. Con las mismas piezas, con menos, con nuevas, con pocas. Pero una imagen al fin, tan bella, tan humana. Tan solo animémonos a pensar un futuro fabricado por niños con semejante capacidad. Creo que una vez cerrada la herida que provoca el hachazo en la cabeza, viene lo mejor: volver, construir, reagrupar, encajar, conectar. “La vida es un bricolage” dicen los que saben. Y ser concientes que no pasará mucho tiempo antes de que volvamos a necesitar desafiar los colores y jugar a ver que otro paisaje somos capaces de pintar. Quien no derrumba para construir, terminará edificando altas torres sobre cimientos desgastados. Tarde o temprano caerá por su propio peso, y estoy convencida de que cuantos más pisos tenga, más dolorosa será la caída.
Viajo para huir de las ganas de huir. Querer irse a la mierda es creer que ahí encontraremos lo contrario a la mierda cotidiana de la que escapamos. Quien quiere ir a un lugar así de desagradable? Esa desesperanza con el acá no es parte de la mierda que nos llevamos allá? Dejemos nuestros excrementos y busquemos nuevos alimentos.
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