lunes, 8 de diciembre de 2008

Los viejos buenos tiempos del futuro



Alguna vez entendí, como solo la piel puede entender, lo real que puede tornarse la idea de intensidad. Y una vez vislumbrada la posibilidad, no hay quien no se haya largado a correr tras ella, a cruzar las fronteras de las palabras, a habitar los estados que nada tienen que ver con la vigilia, el sueño o la muerte. Hay muchos, que contienen la misma indefinición de la palabra muchos. Hay mundos adentro de los dias y hay dias por fuera del mundo, o tal vez demasiado penetrados en el. Es musica. Es sexo. Y es las infinitas combinaciones de ambos. Es el silencio vibrando.
 
Alguna vez entendí que las mañanas son la mundanalidad misma. Despierto y el afuera sigue ahí, y no parece querer irse. Y yo también sigo acá y todavía no se donde es eso que no es acá. Y aprendo que debo aprender a aprender. Crecer es adaptarse al acá y despertar cada mañana con más ganas de permanecer al menos un día más. Quizá no por nada la palabra mañana significa comienzo y futuro a la vez. Mañana estaré impregnada de todas mis mañanas.

Alguna vez entendí que el paso evolutivo siguiente a la intensidad es aprender a vivir después de ella. Por ser atemporal dentro de un mundo que no lo es , contiene dentro de si el rasgo inherente de caducidad, y posiblemente eso sea lo que más seduce. La intensidad es no esperar nada de un mañana, que solo existe porque pronuncio la palabra, no es nada más que una palabra. No esperar nada del futuro es la misma convicción que implica no quedarse en los recuerdos del pasado. El mayor desafío de un gran viaje es volver.  La resaca es parte de la fiesta. La despedida se cola en el encuentro. "El amor es eterno mientras dura" dice mi amiga y la canción.

Alguna vez escuche a alguien que decía que no buscaba la felicidad, sino la paz. Y lo entendí.

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