
Un chiste, una adivinanza o un cuento. Eso era lo que Manuel, al parecer, tenía para ofrecerme.Un chiste, una adivinanza o un cuento. Durante los 8 días que vivimos junto a él, cada mañana, cada tarde y cada noche, enumeraba sus opciones, con suma concentración, mientras miraba sus dedos estirarse bajo la manga. A mi me gustaban los cuentos. Tiernos relatos memorizados en una mente tan indescifrable como la sonrisa triste de quien preferiría olvidarlo todo... y yo, con mis vísceras expuestas a la espera de un final repetido, sentía cómo su mirada buceaba en mi espíritu sin discreción alguna y teñía la parte interna de mi piel para asegurarse de no abandonarme nunca más.
Apenas llegamos a la pequeña comunidad de Acteal, Manuel se nos acercó para invitarnos a recorrerla. En seguida supimos que iba a ocupar un capítulo especial en esta historia. En aquel pueblo recostado en las laderas del valle de Chenalho se habla el Tztotzil, una de las 12 lenguas indígenas del estado de Chiapas. Sólo algunos hombres manejan dificultosamente el español. Las mujeres y niños, con quienes compartimos la mayor parte de los días, se comunicaban con nosotras usando el lenguaje universal de la sonrisa. Compartir "el tiempo" (extraña abstracción que se medía por leñas consumidas) consistía en largas jornadas de acompañamiento al calor del fuego, comiendo frijoles, en silencio, dibujando, mirando, tejiendo, compartiendo el siendo. Y ahí estaba siempre Manuel, el anfitrión por excelencia, traduciendo las palabras cuando se lo pedíamos. También sabía algunas frases en inglés y hasta podía contar en japonés. Aprendió de los muchos foráneos que aún siguen llegando a estas tierras, maravillados de su sincera hospitalidad.
Manuel es un sobreviviente de la masacre de Acteal. El 22 de diciembre de 1997, un grupo de paramilitares, respaldados por el estado mexicano, en el contexto de la guerra contrainsurgente frente al avance zapatista, llegó a este pueblo autónomo y sumamente religioso, para abrir fuego contra las familias que para entonces estaban rezando dentro de la capilla. El saldo: 45 muertos, la mayoría mujeres y niños. Según se cuenta, el primero en caer fue el padre de Manuel , el catequista Alonso, quien predicaba que Dios no iba a permitir que las balas les hiciesen daño. Su madre María, sus hermanos Victorio, Rosa, Antonia, Margarita y Juana, también murieron. Manuel sobrevivió porque quedó sepultado bajo los cuerpos de los cadáveres. Según cuenta él, su tío lo llevó enseguida a San Cristóbal de las Casas para que cuide a su hermana, también baleada. Fue en esos meses donde aprendió a hablar español.
Cuando llegamos nosotras, representando a una O.N.G. de Derechos Humanos, Frayba, en enero del 2011, hacía ya unos meses que habían liberado a varios de los asesinos, quienes volvieron a vivir a sus pueblos, todos vecinos a Acteal. Es decir, a convivir con los sobrevivientes. Si a usted, extraño lector, le parece que tanta crueldad desborda en ridículo, déjeme decirle que opino igual. El hecho de estar ahí, presenciar los homenajes, escuchar los testimonios, experimentar la cotidianeidad de aquel día infame, no facilita esa comprensión vital de lo que llamamos humanidad. Y así seguimos tropezando, en un afán de otorgar sentidos muy incoherentes a mundos muy incoherentes con códigos muy incoherentes, suponiendo que el significado de la coherencia habita aún inerte en alguna bóveda secreta, en algún diccionario sagrado, en alguna tumba que algún día se profanará.
Mas información: http://acteal.blogspot.com/




1 comentario:
incoherencia tb que tenga la capacidad de ofrecer un chiste cada dia. pero de esas incoherneica lindas q resuenan cuando alguien tiene que ser especial.
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