
Ubicada en plena falla de San Andres, en el barrio la Roma, la casa de Nash es un verdadero desconcierto arquitectónico. Con 5 grados de inclinación, esta joya camuflada en el caos del Distrito Federal nos acobijó como una abuela que las vivió todas, pero que aún no deja de sorprenderse de la velocidad que tiñe a la ciudad. En esta meca de la complejidad urbana, las estaciones del Metro aparecen colmadas de jóvenes besándose. En la entrada de los Starbucks, mujeres morenas ofrecen tacos al pastor. Y no hay chile habanero que pueda hacer olvidar la sensación picosa que produce en la garganta semejante contaminación.
Aquí no existe un orgullo por descender de los barcos europeos, sino que la identidad nacional se construye bajo la figura del mestizo. Pero eso si, que los indígenas se queden bien quietitos como los maniquíes del Museo de Antropología, donde aparecen expuestos los diferentes pueblos, cuál catálogo de textiles en su más esterilizada versión. Que pena que tanto homenaje a la diversidad desproblematize tanta desigualdad. Que pena que tanta exotización esconda tanta historia de quienes sufrieron mayor marginación, no sólo de ayer, sino, y sobretodo, de hoy. Que pena que, por más que uno recorra el edificio, no encuentre la sala del latinoamericano urbano frente al televisor.

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