De niña no aprendió a jugar, porque, tal como lo relataba, no había tiempo entre el trabajo en su casa y las ventas en la calle. Un 31 de diciembre del mismo año en que cumplió los 13, mientras caminaba sola a hacer unos mandados, su vida dio un vuelco a raíz de una serie de hechos que todavía hoy sigue intentando comprender. Un muchacho que hace tiempo le había echado ojo salió de entre la oscuridad y la agarró por el brazo como para decirle algo. Tras los gritos asustados de Ada, él la arrimo hacia su cuerpo forcejeando para callarla y esconderse. La hermana de ella los reconoció y confundiendo la situación le dijo que la iba a acusar en su casa por estar haciendo esas cochinadas. Cuando volvió mas tarde, su padre la encerró en su cuarto y comenzó a golpearla y patearla una y otra vez. Mientras le gritaba “puta” y otros insultos que su inocencia no le permitían entender, el hombre terminó de deformar su piel con algo que no recuerda qué era pero si como dolía. Un cuñado la rescato y le dijo que se vaya y no vuelva nunca mas, mientras su padre detrás forcejeaba gritando que lo dejen matarla. Así fue como solita y aterrada se las arregló para llegar a Managua a lo de una tía que casi no conocía. Ahí la fueron a buscar a los pocos días para que vuelva a la isla y demuestre que no se había ido con el joven, a quien habían apresado tras su desaparición. Cuando la policía le dijo “bueno muchachita, ahora que el te hizo suya, tienes que casarte”, ella no entendía de que estaba hablando. Oyó a su madre decirles que si no se casaba, ella misma se iba a encargar de depositarla lejos y dejarla ahí hasta los dieciocho años, por sinvergüenza. Así fue como a la mañana siguiente llego al registro civil de la mano de un desconocido, ya sin remedio ni ilusiones de entender qué fue lo que hizo para que el sentido común se olvidara de ella. También se olvidó de explicarle que en esta sociedad aun se cree que su cuerpo debe parir hijos sin que ella lo decida. A los 18 años ya cargaba con cuatro.
Hoy tiene 42 y una herida que recién ahora esta empezando a cerrar: su marido la abandono hace cuatro años sin dar explicaciones, pudriendo con dolor su pecho, justo ahí donde se esforzaba por crecer el orgullo. Pero esta mujer ya no le teme siquiera a la palabra injusticia y me confesó que se siente más fuerte que nunca. Hoy lidera la Red de Mujeres contra la violencia interfamiliar en Ometepe y lleva adelante un proyecto turístico en el que se ofrece hospedaje en casas de familia y del que se benefician varias mujeres de diferentes comunidades.
En Nicaragua el machismo es tan extremo como la pobreza. Esa combinación aterradora ha matado, insultado, violado, golpeado, abusado, humillado y esclavizado a un numero aún mas aterrador de personas que tan solo han cometido la desgracia de nacer con cuerpo de mujer. Una abusada que silencia su dolor no lo hace por estupidez, sino porque ya entendió mejor que nadie que no hay otra opción. ¿Acaso va a revelarse contra el hombre, para lograr con eso que la golpiza venga con más furia? O va a escapar y someter a sus hijos al desarraigo? O va a denunciarlo al comisario del pueblo que seguramente lleva el abuso de poder a su propia casa? O va a ir a hablarlo en la misma iglesia que promueve el papel sumiso de la esposa en el hogar? O va a esperar algo de los medios, que todos los días ponen un par de tetas en la portada sin justificación alguna?...Todo tiene que ver con todo. Lo único exagerado acá es la hipocresía de creer que eso pasa lejos de casa y en casos aislados. La violencia esta en el aire, y la respiran las mismas personas que ante la pregunta “ porque hay pobres?” contestan “siempre los hubo”. Entonces no nos queda más que sentarnos, cruzar los dedos y esperar que el señor que esta en los cielos (que por cierto nunca es señora, claro) tire los dados a nuestro favor.
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